DIEGO GOLOMBERK Y EL SUEÑO DE LOS ARGENTINOS: “DORMIR MAL O POCO TRAE PROBLEMAS ECONÓMICOS, ENGORDÁS Y TE ENFERMÁS MÁS”

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Por: Tatiana Schapiro  –  El biólogo y divulgador científico asegura que en el país se naturalizó la degradación del sueño. Una entrevista, en el ciclo de Voces, en donde Golombek habla del truco para inducir los sueños, del jet lag social, de cuánto pierde el país por dormir mal, de la sociedad “búho”, de qué pasa en el cuerpo cuando descansamos y explica cuáles son las cinco claves de la higiene del sueño

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Diego Golombek y el sueño de los argentinos: “Dormir mal o poco trae problemas económicos, engordás y te enfermás más”

Papa químico, hermano astrónomo que trabajó en el telescopio espacial de la NASA, hermano médico e investigador. Él absorbió ese bagaje científico a su modo: estudiaba teatro, escribía cuentos, cursó el conservatorio de música, dio clases. Estudió biología clásica, biología de la zoología, biología de la botánica. “No entendía nada, no entendía por qué me gustaba, no me iba bien, pero algo me deslumbró”, dice. Es Diego Golombek, doctor en Ciencias Biológicas, divulgador científico, autor –El abecedario del sueño es su último libro-, investigador del CONICET, docente de la Universidad de San Andrés, donde dirige el Laboratorio Interdisciplinario del Tiempo, profesor invitado en la Universidad de Yale, en Estados Unidos. Pero antes de que todo eso se acumulara en su biografía, algo lo deslumbró. “Apareció un reloj adentro del cerebro que mide el tiempo y eso me fascinó. Y desde entonces hace un montón de años que me dedico a eso”, define.

Su obsesión es el sueño y cómo dormir tiene impacto directo en el devenir de una nación. Se dedica no solo a estudiarlo, sino a contarlo. Un recurso, una manera, según su visión, de convencer a los gobiernos que invertir en ciencia, es invertir en salud, economía y futuro. “A veces los científicos pecamos de no contar demasiado lo que hacemos. Entrenar a alguien científicamente le da otra cabeza y yo quisiera ver muchos más científicos y científicas en el Poder Legislativo, en el Poder Ejecutivo, porque tenemos una cabeza distinta para mirar el mundo. La otra forma, además de contar lo que hacemos, es mostrar lo que hacen otros lugares. Nuestros vecinos. Lo que ha hecho Chile, lo que hace Brasil ni que hablar. Uruguay con lo chiquito que es que tiene un programa de apoyo a la ciencia enorme”.

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Diego Golombek: “Naturalizamos que dormimos mal o poco”

—¿Cuándo decidiste que te enamorabas del reloj que tenemos en el cuerpo?

—Muy temprano en la carrera apareció el cerebro, este reloj y ahí me cambió la vida, cuando me enseñaron un poco de esto y empecé a trabajar en la carrera como estudiante. Mi primer trabajo fue un poco deshonroso porque tenía que estudiar la temperatura de comadrejas: la temperatura rectal y tomada manualmente. No sé cómo seguí básicamente.

—Ahora, las comadrejas son fascinantes. Son marsupiales. Son nuestros canguros. O sea, la comadrejita que nace muy inmadura y se va a la bolsa, al marsupio, a la bolsa de la mamá y ahí se mantiene durante un tiempo hasta que madura y sale un poco más íntegra al mundo. Por eso estudiar el desarrollo de estos bichos es particularmente interesante, ¿no? Pero, bueno, después de eso vinieron los pingüinos en la Antártida. A ver, la pregunta es para qué tener un reloj si el mundo te dice qué hora es. Vos mirás por la ventana y sabés que es de día, de tarde, de noche. En la Antártida no. En la Antártida hay momentos del año en que no sabés que es de día o de noche porque el sol no se pone o no sale. ¿Cómo hacen los pingüinos? Bueno, fuimos a estudiar a los pingüinos a Antártida y después seguí una carrera un poco más canónica de laboratorio, de ratones, de tubos de ensayo, hasta que hubo otro cambio. Me tocó ser funcionario público un tiempo en el Ministerio de Educación. Una época difícil, me tocó pandemia. Fue a cargo de la educación técnica. Fue fascinante realmente. Y salí distinto, dije ok, ya hice décadas y décadas de lo que se llama ciencia básica, de tubos de ensayo, ratones, y es fascinante y sin eso no podía haber hecho nada más. Ahora quiero hacer algo que llegue más directamente a la gente. Que haya menos grados de separación entre el laboratorio y la sociedad. Por eso desde hace varios años estudio el sueño en humanos y cómo eso puede ayudar a políticas públicas. Que una ciudad respete más el descanso, el sueño, la iluminación para que a la gente le vaya mejor.

—¿Respetamos nuestro tiempo?

—No, somos un desastre. Hay un derecho al tiempo. En los derechos de la Declaración Universal de Derechos Humanos hay un derecho al descanso y a que la gente use el tiempo como corresponde. Sabemos bastante, hay datos sobre esto, tanto Argentina como ciudades, Buenos Aires, Rosario, tienen su encuesta de uso del tiempo y somos bastante desastre porque le dedicamos mucho al trabajo y hoy se está cambiando esto, se está modificando la semana del trabajo. ¿Qué hacemos con el ocio? ¿Qué hacemos con el tiempo en familia? ¿Qué hacemos con los fines de semana? Y somos bastante desastre en el mundo y en Argentina en particular.

—¿Cómo está vinculada la administración del tiempo con la felicidad?

—Es fundamental. Hay un concepto dentro de las ciencias sociales que se llama pobreza de tiempo. Que uno puede ser pobre con respecto al tiempo. El tiempo es una inversión que tiene que ver con la salud y con el bienestar. Dentro del bienestar obviamente ser felices. Ser felices no es un fenómeno puntual. La gente que estudia felicidad dice que vos podés estar contenta un rato porque te fue bárbaro, te fue bien en un examen, te fue bien con tu pareja, ganaste plata, lo que fuera. Eso no es la felicidad. La felicidad es un estado más de base y más a largo plazo. Y el tiempo en eso influye muchísimo. Si vos estás encerrada en un laburo o en algo que no te da bienestar obviamente no podés ser feliz y el tiempo es fundamental ahí.

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Diego Golombek: “A Argentina los problemas del sueño le cuestan 1,3% del PBI”

—¿Qué nos pasa los domingos a la noche?

—Es la tristeza del domingo a la noche. La semana no es un fenómeno biológico. La semana es un invento social, un invento romano posiblemente el cual se armó para tener ciertos descansos. Entonces casi universalmente se estableció que el domingo es el día de descanso. Después se agregó el sábado inglés, el medio sábado. Y en muchos casos se agregó el sábado completo. A ver, si vos tenés una vida social adecuada y estás con amigos, con familia, o salís en general destinás el fin de semana para esto o algunas noches de la semana, algunas tardes, lo que fuera. Eso se acaba. Está muy descripta la tristeza, el blues, del domingo a la noche porque se viene la rutina y asusta: “uy, de nuevo cinco días con algo que no necesariamente me gusta, que no necesariamente me llena, que no voy a ver tanto a mis hijos, un montón de cuestiones”. Eso pasa sobre todo cuando disminuye la cantidad de horas luz por día. Pasa cuando termina el otoño y en invierno, esos domingos a la tardecita oscuros promueven muchísimo el blues, la tristeza, y si hay predisposición incluso puede ser un factor de riesgo para la depresión, que no es tristeza, la depresión es una enfermedad. Pero se sabe que la cantidad de horas de luz incide también en el estado de ánimo. Y los domingos inciden mucho.

—¿Vos dormís bien?

—A ver, el que diga que duerme bien que tire el primer somnífero. Trato de cumplir las cosas que propongo. A veces me va mejor que en otras pero en general duermo bastante bien.

—¿Dormimos bien los argentinos?

—No. La respuesta es mal. Vos hacés encuestas y, por lo menos, un cuarto de la población no duerme la cantidad de horas suficiente, o las duerme a deshoras o no es la calidad de sueño que quisiera. Un cuarto es mucho. Y si afinás mucho las preguntas te vas hasta un 40% de la gente. Es un montón. Ese no es el único problema. Además de eso lo naturalizamos. Naturalizamos que dormimos mal o poco: “bueno, duermo una siesta mañana, lo recupero el fin de semana”. Y no es así. Ahora sabemos que dormir poco, dormir mal o dormir a deshoras te trae problemas de salud, problemas sociales, problemas económicos, problemas en el estado de ánimo que podrías curar simplemente durmiendo mejor.

—¿En un mundo ideal cómo distribuimos nuestro tiempo? Vas a pensar lo ideal, lo real, lo posible.

—Lo ideal ha sido inventado hace mucho tiempo y es el 8x8x8: ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio -descanso, encuentro con los amigos, lo que fuera- y ocho horas de sueño. Estamos lejos por todos lados. El mínimo de horas de sueño que se recomienda, es un consenso, es de un mínimo de siete horas de sueño nocturno para adultos. Y seguidas, no que las interrumpís, te despertás o lo que fuera. O partes en la siesta. No, mínimo siete horas. Yo te diría ocho sería mucho mejor. No las dormimos.

—¿Cuánto dura cada sueño?

—El período REM va cambiando a lo largo de la noche. Soñás cuatro, cinco veces por noche. Los primeros duran pocos minutos y el último puede durar hasta unos veinte minutos. Ese que ocurrió justo antes de que te despertaste y es el que con suerte te acordás. Digo con suerte porque hay gente que te dice que no sueña, que no se acuerda. Yo en general me acuerdo poco de los sueños. Entonces, esa arquitectura del sueño, lo que pasa a lo largo de la noche, no es la misma con un sueño natural o inducido por fármacos, menos aún inducido por alcohol. El alcohol sí te da sueño pero es un sueño muy irregular. No es nada recomendado el alcohol como un hipnótico. Pero a efectos de lo que vos necesitás que es que el cuerpo pare y duerma si es necesario habrá que recurrir a hipnóticos pero siempre de la mano de un médico.

—¿Por qué necesito que el cuerpo pare y duerma?

—Te lo voy a contestar por la negativa, ¿qué pasa si no dormís esas ocho horas, o dormís salteado, o dormís muy tarde, o dormís de día y no estás acostumbrada? Primero vas a estar somnolienta al día siguiente. Como consecuencia vas a estar de mal humor. “Bueno, me la banco”, decís. No, si vos estás chinchuda todo el día tus relaciones interpersonales en el trabajo, en la familia, van a ser malas. O sea, hay un efecto social. También hay un efecto económico. Le podés poner números a cuánto le cuesta a una persona y a un país dormir mal. Nosotros lo hicimos eso con economistas y nos dio que Argentina los problemas del sueño le cuestan 1,3% del PBI. Un fangote de plata. Un montón de plata por no dormir bien. ¿Por qué? Porque hay ausentismo. La gente llega tarde. Es menos productiva. Hay accidentes. Pero además está la dimensión de la salud. Si vos no dormís bien crónicamente, ojo, esto es importante, no es que una noche trabajaste o estudiaste o te fuiste a una fiesta, si es crónico se paga con salud. ¿Cómo se paga? Te enfermás más. Estás más susceptible a infeccionesTu metabolismo está distinto, seguramente vas a engordar más. Y si esto es crónico podría ser hasta una pre diabetes, podría ser un trastorno metabólico. También tu corazón empieza a andar mal porque el sistema necesita parar a la noche para repararse, para aprovechar los nutrientes, para hacer cosas que de día no harías. Si no parás durmiendo las consecuencias las ves al día siguiente.

—¿Qué procesos ocurren en nuestro cerebro mientras dormimos?

—De todo. Entre otras cosas se limpia. A medida que las neuronas están muy activas durante el día, por suerte, acumulan toxinas. Acumulan sustancias que vos no querés que estén ahí. Hay que limpiarlas. Y hay sistemas en el cerebro que limpian toda el agua que están alrededor de las neuronas, el líquido que está ahí alrededor, el líquido extra celular, el líquido encefaloraquídeo, lo que fuera. Hay un sistema que se llama linfático, está muy de moda ahora, que tiene que ver con la glia, que son células que están en el cerebro y ayudan a limpiar entre otras cosas y el sistema linfático que anda por todo el cuerpo también limpiando y dando de comer. Eso se tiene que activar de noche. Si vos no dormís bien esa limpieza no se da bien y si esto se acumula empieza a ser un factor de riesgo para trastornos neurológicos, entre otro la demencia y el Alzheimer.

—Ocho, ocho y ocho. No sé si conozco una persona que logre aplicar eso. ¿Cuál es la que más sacrificamos en general?

—Si dormimos más o menos bien sacrificamos la del ocio. Porque en situaciones socioeconómicas complejas tampoco trabajamos ocho horas, mucha gente tiene dos laburos, si no tres. Y si tenés uno solo algo vas a seguir. En algunos casos, esto es parte del trabajo mismo, ningún científico por ejemplo para a las ocho horas, va a su casa y ya está, basta, se acabó, voy a ver la tercera temporada de una serie. Seguís laburando. Y eso no está mal.

—Incluso ya tenés una hora, una hora y media de ida, una hora y media de vuelta.

—Por supuesto. Eso está considerando en la pobreza de tiempo. Cuando te digo que se hacen las encuestas de uso del tiempo se pregunta específicamente cuánto tardás en ir al trabajo, en ir a la escuela. Un pibe, un adolescente, que empieza el colegio híper temprano, siete y veinte, siete y media de la mañana, lo cual es un absurdo, si está lejos del colegio se levanta antes de las seis. O sea, duerme seis horas en el mejor de los casos. Y eso es pobreza de tiempo también. Ese tiempo, ese no tiempo por así llamarlo, que pasamos en ir y volver al trabajo, a la escuela, es un tiempo no productivo pero tampoco es ocio. Alguna gente va leyendo, va escuchando un libro, un podcast o lo que fuera, pero es tiempo que está perdido. Acá hay situaciones o soluciones propuestas, hay una solución hermosa, poco realizable, que es la ciudad de los quince minutos que está propuesta por un sociólogo que vive en Francia en este momento que dice debiéramos lograr ciudades donde lo más importante ocurra a quince minutos de tu casa. Los trámites que tenés que hacer, tu trabajo, la escuela, el correo, lo que fuera. A veces se ha logrado, a veces no.

—¿Perder ese espacio de esparcimiento, de vida social, nos afecta tanto como perder horas de sueño?

—Es distinto lo que te afecta sin dudas porque las horas de sueño tienen un efecto fisiológico directo. No es que tenés que pasar por el medio. Perder las horas de esparcimiento, de ocio, de relaciones humanas, es un proceso psicológico que obviamente va a ir horadando la fisiología. El enemigo número uno te diría del sueño y de no estar bien durante la vigilia es el estrés, la ansiedad. Y el ocio, el esparcimiento, el ocio creativo, el estar con gente cercana, es un remedio contra el estrés. Lo que pasa es que no tenemos ese remedio porque lo ocupamos en otra cosa, o nuestras relaciones están un poco rotas o lo que fuera. Entonces sin dudas que el perder esas ocho horas de ocio van a ir horadando la salud también. Pero no es un proceso directo como sí lo es en el sueño.

—¿Contra el estrés entonces es vida social, esparcimiento?

—Y sueño. A ver, el enemigo número uno del sueño es el estrés. Uno no duerme bien porque piensa en las macanas que se mandó ayer y las que vas a hacer mañana. Uh, mañana tengo el examen. Uh, mañana le tengo que decir esto, lo que fuera, y estás rumiando, rumiando. Todo lo que vos puedas hacer para bajar el estrés va a ayudar a que duermas bien y a que estés bien en la vigilia.

—¿Y cómo se apaga ese pensamiento rumiante?

—Uf, es muy difícil. Hay gente a la que le funciona la meditación. Le funcionan respiraciones, la música suave, un podcast en el momento adecuado. Eso para dormir. Durante el día es fundamental considerar las micro pausas. Pausas cada veinte minutos más o menos. Una micro pausa es eso, es un minuto. Y si esa micro pausa es activa tanto mejor. Hay mucha evidencia de que vos estás laburando veinte minutos con la compu, en una reunión o lo que fuera, te levantás, salís, vas a la ventana y volvás, das una vuelta.

—¿Hay ejercicios en el mundo de inicio de clases en horarios más amigables para los chicos?

—Sí. Y recontra funcionan. Definamos chicos. El problema más grave es en la adolescencia. La adolescencia se caracteriza porque todos los ritmos biológicos se corren hacia más tarde. Es algo natural. A eso le agregamos algo cultural: los pibes quieren hacer las cosas más tarde, la previa de una fiesta es a la medianoche con suerte. Entonces la biología y la cultura van en ese sentido pero la sociedad va en el contrario. Obligamos a los pibes a levantarse muy temprano y están literalmente dormidos. Entonces cómo se puede curar esto. Vos les podés decir “bueno, que se vayan a dormir más temprano”. Minga. Vos podés mandar a un adolescente a la cama a las diez de la noche pero no se va a dormir. Se va a quedar chateando, scrolleando, paveando, y se va a dormir a las doce o a las dos de la mañana y al día siguiente se levanta muy temprano. Por lo tanto esa solución no garpa. La solución que va es correr el horario de inicio de las clases del secundario del turno mañana. Y cuando uno dice esto la gente pone el grito en el cielo, vos qué querés, que vayan a las nueve, a las diez de la mañana, manga de vagos. No, no, no. Correrlo media hora, que no empiece antes de las ocho. Idealmente ocho y media, pero al menos que no empiece antes de las ocho. Hay muchos ejemplos de que esto ocurra. Hay Estados dentro de Estados Unidos donde esto ya es ley, California por ejemplo. Minnesota. Hay países en Europa que han corrido también el horario de inicio y los efectos son inmediatos. No es fácil. El horario escolar es un ancla social. La sociedad se rige por ese horario. El horario de trabajo de los padres, del transporte. El turno tarde cuando es turno simple. Pero se puede hacer. De hecho estamos hablando con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para hacer algunas pruebas para acumular evidencia en favor de esto y si funciona ir expandiéndolo de a poco siempre con el consenso de todos los actores involucrados, de las familias, de docentes, de directivos.

—A veces parece que es un valor dormir poco. Está bien visto dormir poco. “Yo con cuatro horas rindo”.

—Gente, empresarios exitosos y qué sé yo, los Neustadt de la vida, perdón por el viejazo, dicen “no, yo duermo tres, cuatro horas y estoy fenómeno”. No les creas. Primero no es cierto. Posiblemente no se dan cuenta, hay gente que duerme y la percepción del sueño es mucho más corta. Y la proporción de personas que está bien durmiendo poco, y poco es cinco, seis horas, no menos que eso, es mínima. Sí, hay un 5, un 10% de la población con toda la furia. Pero sin embargo el dormir no tiene buena prensa. Los que duermen mucho, los que necesitan dormir mucho, son una manga de vagos. Los que van al turno tarde o los que no se pueden levantar para ir a trabajar o lo que fuera. Tenemos que cambiar eso. Tenemos que cambiar esa cultura y está sucediendo. Así como hay gente muy exitosa, empresarios, que dicen duermo poco por el contrario hay otros que te dicen no, no, yo me di cuenta que para rendir bien si no duermo mis ocho horas no estoy bien. Empresarios y deportistas. Uno de nuestros grandes embajadores en esto es Manu Ginóbili que convenció a media NBA que había que dormir bien y registrarlo con un relojito, con un anillo. Y empresarias como Ariana Huffington, que tiene el diario Huffington Post, es una de las grandes defensoras del sueño. Y después hay otros que dicen que no, no, no, yo soy un capo porque ya a los cinco de la mañana estoy viendo cómo está la Bolsa de Japón. No, no vas a estar viendo eso porque no vas a entender nada. Tenemos que cambiar un poco esa cultura con datos. Tenemos que hacer los científicos para entender que la ciencia es parte de la cultura de una sociedad. Yo lo que hago es contar por qué es tan importante el sueño.

—¿Ocho horas son ocho horas u ocho horas es lo mínimo? ¿Qué pasa si quiero dormir diez horas?

—El mínimo de consenso son siete horas. De ahí para arriba no hay consenso. Así como sabemos los trastornos graves que tiene dormir poco, no lo sabemos con respecto a dormir, entre comillas, de más. Salvo que ese dormir de más sea un síntoma. Por ejemplo, hay algunos tipos de depresión cuyo síntoma es estar todo el día en la cama. Eso no está bueno obviamente. Ahí los psiquiatras tendrán que decir cómo manejar este tipo de cuestiones. Pero si vos necesitás ocho, nueve horas, y es tu cuerpo el que lo necesita ojalá puedas adaptar tu vida a eso. A veces socialmente no se puede. Y tenemos lo que se llama jet lag social. Entonces el jet lag sabemos lo que es ¿no? Volás a Europa, a Asia, para el mundo es una hora, para tu reloj biológico es otra porque no se acomodó tan rápido, y estás unos días zombi y no sabés si fuiste al Museo del Louvre o fuiste a EuroDisney. Te puede pasar sin moverte de tu casa. Si vos no te despertás o te acostás a la hora que tu reloj biológico te pide sino a la hora que la sociedad te lo exige, tenés jet lag social. Entonces si te despertás con una alarma todas las mañanas para ir al trabajo, para ir a la escuela, para hacer tareas domésticas o lo que fuera, tenés jet lag social. No te estás despertando en tu horario biológico, te estás despertando en el horario que la sociedad te impone a través de una alarma. Y en Argentina tenemos hasta entre una y dos horas de jet lag social. Quiere decir que estamos entre una y dos horas desfasados de lo que nuestro reloj biológico quisiera. Y es bastante. Si te ponés a pensar entre una y dos horas es un montón.

—¿Y qué se hace con eso?

—Ir cortándolo de a poquito. Tampoco puede ser brusco y decir “bueno, no pongo el reloj y hoy me levanto a las nueve porque te van a echar del laburo”.

—No quiero salir de esta temática sin preguntarte por los chicos, los adolescentes y cómo estamos en relación a eso.

—Con los adolescentes y las adolescentes estamos mal claramente porque ya biológicamente tienen esa propensión a hacer todo más tarde y nuestra cultura los empuja a ese hacer todo más tarde. Y al mismo tiempo como decíamos la escuela empieza muy temprano. Con los chicos y las chicas más chiquitos no estamos tan mal. Hay una conciencia de la necesidad de sueño. Hay una conciencia de que necesitan ese mínimo de nueve horas. Y en general las tienden a dormir. Con adolescentes venimos bastante mal.

—¿Qué es la pesadilla?

—Pesadilla es un tipo de sueño con contenidos feos. Contenidos con historia. ¿Y por qué digo un tipo de sueño? Porque también hay lo llaman terrores nocturnos que ocurre mucho en niños y niñas pero no tiene guion. Un terror nocturno es algo muy feo que pasa a la noche, no coincide con el momento cerebral de las pesadillas y les hace muy mal a los chicos. Por ahí no se quieren ni dormir. Les da miedo. “No, pasa algo muy feo a la noche”. “Pero qué pasa, contame”. “No te puedo contar”. Una pesadilla por el contrario tiene guion. Pasaba esto, estaba tal persona, estaba en una calle. O sea, es un sueño malo. Ninguna de las dos es grave. El terror nocturno tiende a irse a medida que avanza la niñez, sobre todo si hay paciencia, si hay una mamá, un papá, un hermano mayor que te acompaña, está ahí un rato y no va a pasar nada, tranqui. Las pesadillas nos pueden acompañar toda la vida. Y en algunas personas, muy pocas personas, es fuente de mal sueño. En algunas personas la calidad del sueño se ve interrumpida por una pesadilla muy vivida. En la mayoría de nosotros cada tanto tenemos malos sueños y sabemos que pasó algo malo pero no afecta al sueño. No es grave.

—¿Hay algo que se pueda hacer para intentar soñar lo que yo quiero?

—Sí, eso se llama sueños lúcidos. Que ocurre espontáneamente entre un 3 y un 5%, muy poquita gente. Espontáneamente quiere decir “che, es elige tu propia aventura”. Básicamente hoy quiero soñar con esto. Es más, hay soñadores lúcidos a lo Borges ¿no? En el sueño que el hombre soñaba, el soñado se despertó. Que vos podés durante un sueño decir quiero que pase esto o esto es feo, me meto por otro lado. Pasa en muy poca gente. Los que no somos soñadores lúcidos podemos entrenarlo. Y el entrenamiento es tan sencillo como justo antes de dormir estimularte mucho con lo que vos querés. Por ejemplo ver fotos. Hablar mucho del tema. Incluso poner una grabación. Hay un período justo antes de dormirse que se llama el período hipnagógico, el período en el cual se genera lo que va a pasar en los sueños. Entonces vos podés poner una grabación, en su momento en casete, hoy es muy fácil hacerlo con una compu, en el cual diga “árbol, árbol, árbol, árbol, mi mamá, mi mamá, mi mamá, mi mamá”, suben un cachito las probabilidades de que sueñes con eso. No hay probabilidades de que te acuerdes. Por ahí soñaste con tu mamá y ni te acordás si no fue el último sueño. Pero son las formas de ir adaptando los sueños lúcidos. Repetir, repetir, repetir justo antes de dormir y en el mejor de los casos soñar con eso.

—¿Qué pasa con esa gente que se despierta de noche con la solución a un problema?

—La cabeza funciona mientras dormís y tiene menos censura. Nosotros de día tenemos un vigilante, un buchón acá en la corteza frontal y en la pre frontal que dice “no hagas eso, no te pongas a bailar en la mesa, no digas tal cosa”. De noche ese buchón está bastante inhibido. Con lo cual todo lo que vos fuiste acumulando durante la vigilia, durante el trabajo, durante la obsesión que tenés por un problema, se junta de maneras raras, y la creatividad es eso. La creatividad no es inventar algo nuevo, es combinar cosas de una manera distinta. Entonces es muy posible que durante el sueño, durante los sueños e incluso etapas en que no soñás, esas ideas que vos tenés dando vueltas se combinen, te despiertes y digas “claro, soy un nabo, esa es la solución”. Tenés que darte permiso para que eso ocurra, pero una vez que lo empezás a fomentar funciona maravillosamente.

—Dame cinco tips, cinco claves para la higiene del sueño.

—Claro que sí. Dijimos algunos pero vamos a repetirlos. Cenar más temprano y separar el horario de la cena del horario de irte a dormir.

—¿Cuánto tiempo?

—Mucho más de lo que tenemos. Tampoco hay que hacer una cena escandinava, que cenan a las cinco de la tarde. Pero sería ideal si cenáramos a las ocho te diría. Eso porque el argentino es nocturno. Es difícil en verano. Es difícil en verano porque nadie quiere cenar con luz afuera. Entonces ¿qué hacés? Cenás a las diez de la noche porque ya hay un tiempo de oscuridad y en Patagonia no te digo nada.

—Pero lo saludable es entre la cena y el horario de acostarnos cuánto tiempo.

—Un par de horas, sí. Cenar más liviano. O sea, el famoso desayunar como un rey, funciona. Si podés elegir a qué hora darte una ducha, hacelo a la noche. Porque para dormir bien la temperatura del cuerpo tiene que bajar. Y la ducha primero sube la temperatura pero después liberás ese calor y te baja la temperatura corporal. Si podés elegir a qué hora hacer ejercicio, hacerlo durante el día y que no sea lo último que hagas durante el día porque podés ir al gimnasio, o salir a correr a la noche, incluso después de la cena, te sube la tasa metabólica y hace que no duermas bien. El dormitorio tiene que ser obviamente oscuro. Templado, como dijimos hace un rato que baje la temperatura. Y silencioso. Y la última sería tratar de exiliar las pantallas. Tratar, ¿sí? Es imposible. Yo sé que es imposible, no tenés que dormir con el celu acá al lado porque no te van a llamar a las cuatro de la mañana de Estocolmo para decir que ganaste el Premio Nobel. Seguramente eso no pase. Entonces cuanto más puedas eliminarlas del dormitorio mejor. Incluso la tele en el dormitorio.

—Inteligencia artificial: todos los días tenemos grandes novedades y es increíble ver cómo avanza. Como científico conocedor de nuestras cabezas, ¿en qué crees que no nos va a poder ganar?

—Realmente está habiendo cambios de aceleración tan grandes, no estamos acostumbrados. Cambios cualitativos sí, la historia cambió muchas veces: con la Revolución Industrial, con dominar el fuego, la aparición de los autos. Pero esta velocidad de cambio es realmente inédita. Es lo que dice la gente que estudia los cambios. Yo creo que estamos muy lejos de ciertos fenómenos de creatividad y ciertos fenómenos de empatía que tenemos los humanos que las máquinas pueden simularla muy bien. Pero simularla…? Una inteligencia artificial te puede escribir un cuento a lo Cortázar extraordinario, pero no puede ser Cortázar. No puede llegar con algo completamente nuevo por ahora. A medida que se vaya entrenando vamos a ver. Lo mismo la empatía. Puede haber un doctor inteligencia artificial que la pega siempre con el diagnóstico, siempre con el tratamiento, pero ese algo más que da la empatía de una persona estamos muy lejos de que las máquinas lleguen. No digo que no van a llegar, digo que estamos muy lejos de que lleguen.

—Momento de redes sociales y en cualquiera de ellas conviven la ciencia y avances tecnológicos y científicos y una cantidad de fake insoportables. ¿Cómo se pelea con eso, cómo se combate?

—Es dificilísimo. Está bastante estudiado. Es más, las noticias falsas llegan más rápido y a mucha más gente que las noticias verdaderas. Hay algo, hay un anzuelo ahí que hace que sean mucho más efectivas que contar un experimento que por ahí está buenísimo. No hay vacuna más que no abandonar. Seguir diciendo “che, la ciencia es esto. Esto se demostró de tal manera. Nos equivocamos y cambiamos la idea de lo que estábamos haciendo”. Yo creo que como tenemos un tiempo limitado, una energía limitada, hay cosas que valen más la pena que otras. Hay gente que no está muy de acuerdo con esto. Dentro de las pseudociencias y las fake news hay de todo. Hay algunas que son disparates pero son relativamente inocuas y yo no pierdo tiempo en discutirle a un terraplanista. Es un disparate. Divertido en su momento, no me parece divertido tampoco. Pero por el contrario hay pseudociencia y hay fake news que atentan contra la salud pública y hay que plantar bandera. Cuando alguien viene a decirte las vacunas son malas, hacen mal, hay que decir con la mayor tranquilidad del mundo no. Tenemos enormísima cantidad de evidencia de que gracias a las vacunas estamos vivos. O gracias a los antibióticos estamos vivos. O gracias al agua potable estamos vivos. Con lo cual cuando tienen que ver con salud pública, con bienestar, con políticas públicas, hay que plantar bandera.

—Sin antibióticos, sin vacunas y sin agua potable de cuánto sería la esperanza de vida.

—30, 30 y pico. Que hasta hace no mucho tiempo era así. A principios del siglo XX, estamos hablando de hace 100 años la esperanza de vida era 40 y pico, una cosa así. Durante gran parte de la humanidad era de 30. Así que vaya si hemos cambiado gracias a estas tres cosas. Alimentos, a la revolución verde. A poder cultivar más y mejor. Por supuesto esto no quiere decir que tengamos que mirar los costados de sustentabilidad de todos los avances. Pero sin esos avances no hay humanidad.

—Hay mitos que tienen que ver con la ciencia. ¿Cuál es el que más te enoja?

—No me enojan porque los mitos son la gran oportunidad de contar un poco para qué hay evidencia. Dentro del cerebro está lleno de mitos. “Usamos el 10% del cerebro. Entonces tiene que haber métodos para usar el otro 90%”. No, minga, usamos todo el cerebro. No todo al mismo tiempo, pero usamos todo el cerebro. O escuchar música de Mozart hace que los bebés salgan más inteligentes. No. Mozart es muy lindo, todo lo que quieras, pero no hay ninguna evidencia para eso. No hay bebés Einstein porque escucharon Mozart o no escucharon. Y así hay cualquier cantidad. Algunos son más peligrosos, ojo. Las ventanas por ejemplo. Que hay ventanas de aprendizaje. Si vos no aprendiste otro idioma o aprender música hasta los 10, 12 años ya está, olvidate. O peor todavía, si vos tuviste una infancia pobre, con no muy buena alimentación, no muy buena educación, y, es alguien perdido. No, de ninguna manera. Va a ser más difícil, claro que sí, pero vas a lograrlo y ahí entra la política, las políticas públicas para no dejar a nadie afuera. Y así sucesivamente. El equilibrio entre lo que traemos de fábrica y lo que hacemos. Una vez le preguntaron a una gran escritora argentina, a Hebe Uhart, “dígame Hebe, ¿se nace escritor?”. La respuesta de ella fue “no, se nace bebé”. Y claro que sí. Y sobre eso construimos un escritor, construimos una odontóloga, un colectivero o lo que fuera. Entonces también hay mitos ahí ¿no? De lo que se nace o lo que se hace. Somos la combinación de las dos cosas.

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