“DIÁLOGOS DE VEREDA” TITO LÓPEZ BELTRÁN: Una gloria que no se apaga

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Por Ramón Cavalieri  –  “Fue el 5 de Huracán y el base de AMAD; el hombre que hacía correr a los wines y dominaba la pelota naranja. Hoy, entre los silencios de Colonia Carolina y una visión que se apaga, Tito nos recibe con una memoria que encandila. Una charla sobre penales errados a propósito, cigarrillos prohibidos y esa parrilla que espera, todavía, una excusa para volver a echar humo.”
Ya lo había visitado pero era necesaria una segunda vez. La mañana era de cielo azul, sin viento, sin nubes, solo azul que se recortaba con los rayos presurosos del sol queriendo ganar la mañana. Esos amaneceres invitan a la mente a caminar despacio por senderos conocidos, rescatando nombres que el tiempo, a veces ingrato, empieza a desdibujar. De pronto, un nombre se impuso con la fuerza de un viejo capitán: “Tito” López Beltrán.
Había que ir otra vez a la cercana Carolina. Emprendí el viaje corto, acompañado por una melodía ochentosa que servía de túnel del tiempo, como cuando el era el gran Capitán de Huracán. El tema ” Las Puertas del Olvido” con la voz de Eduardo Franco y sus IRACUNDOS me acompaña. Una niña, barriendo un patio campero, me recordó su casa, como si las nuevas generaciones guardaran, sin saberlo, la llave de nuestra historia.
Me recibió su esposa, aquella mujer de presencia serena y dulzura de otros tiempos. Me guio hasta la cocina. Allí estaba él, Tito, sentado en su silla de ruedas, esperando el mate sobre una mesa simple con un hule típico floreado y un ambiente bien de campo.
Demasiado sobrecogedor. Yo estaba nervioso lo reconozco. Al presentarme de nuevo, el asombro: una sonrisa le iluminó la cara. Se acordaba perfectamente de mí. Fue entonces cuando increíblemente el Capitán, en medio de su tambaleante salud, me cubrió con el manto de la tranquilidad que ningún fármaco podría otorgarme con tanta prisa.
Tito fue un ícono. Uno de los pocos elegidos que supo transpirar la de Huracán en el fútbol y la de A.M.A.D. en el básquet. Capitán y líder en el césped; base cerebral y admirable en el parqué (o solo baldosas) compartiendo gloria con los hermanos Lacava.
El diálogo comenzó:
P: ¿Te acordás, Tito, de aquel partido con Juventud Unida donde Huracán ya no tenía chances pero si ganaba Huracán, Matienzo era campeón y de lo contrario era Unida el campeón campeón? El árbitro cobró un penal para ustedes…
Tito (se ríe, como un niño cuando hace una fechoría).
T: Sí, si, nos peleábamos para tirarlo afuera. Esos árbitros eran medio vendidos. Los traían de Resistencia y los esperaban en la terminal los mismos dirigentes. Lo pateamos al palo del córner y Juventud Unida fue campeón en el 74.
P: El fútbol era bravo en ese entonces…
Tito: Nada que ver con lo de ahora. Antes se jugaba el campeonato y después el cuadrangular, Unida nos convenía que ganen por el cuadrangular, pero nos ganaron igual las final. Tenían un gran equipo con Carlitos Sosa.
El mate sigue circulando. Tito estira la mano, pero la vista le juega una mala pasada. Un glaucoma feroz le dejó un ojo en sombras y el otro apenas con un 40% de luz. Sus dedos buscan la bombilla con la misma paciencia con la que antes buscaba el hueco para un pase de gol. Su esposa, con ese amor que cuida lo que queda, lo ayuda en silencio.
P: ¿Siempre jugaste en Huracán?
Tito: Jugué un año a préstamo en Juventud Unida.
Menciona entonces a Carlos Moudry, a quien recuerda como una gran persona y un talentoso futbolista: “Se fue al Lobo Jujeño y a Patronato. Le hizo un gol a Gatti de tiro libre”. Tito habla de él en presente, con la vivacidad del que ignora —o prefiere no saber— que Moudry nos dejó hace apenas unos meses. En su memoria, el “profe” Moudry todavía está acomodando la pelota para ese tiro libre.
P: vos jugabas de 5 como los viejos strippers.
T: Si, yo le hacía y correr a los wines con los pelotazos. Los enloquecía pero eso funcionaba.
P: ¿Y el básquet? ¿Cómo fue tu paso por A.M.A.D.?
Tito: Jugué también en A.G.D.A. donde había un grupo de mujeres que después cuando fui a A.M.A.D. no me querían, no podía ni pasar por ahí. Me decían ‘Poncho Yeré”.
P: ¿Te acordás del partido entre Unión y A.M.A.D., cuando suspendieron de por vida al “Chancho” Lacava?
Tito: Claro que me acuerdo. fue en Unión al aire libre, no había las tribunas. El que se salvó en ese partido fue Roberto Lacava y el ‘Negrito’ Revoledo”.
De pronto, gira la cabeza y, sin mirar, le dice a su esposa en un tono de súplica secreta: “Dame un pucho”. Ella se lo niega con una sonrisa protectora. Tito insiste. Sabe que esa es su última rebeldía.
P: Vos fuiste mi profesor de Educación Física. ¿Te acordás de las clases al lado de Matienzo?
Tito: Sí, claro. Nos juntábamos detrás del gimnasio, yo recuerdo a varios de tus compañeros.
P: ¿Y el tema del la vista como fue?, si querés hablar de eso.
Y: El glaucoma me lo detectó el Dr. Romero Artaza cuando yo era cajero del banco. Me vio girar la cabeza para mirar bien, se dio cuenta que solo veía un pedazo o sea el campo visual y me dijo: ‘Che pelot…, mañana andá a verme’. El fue al banco solo para observarme. En el consultorio me reviso y me dijo que no podía trabajar más”.
Tito finalmente consigue su cigarrillo. Lo enciende como quien celebra un triunfo en el último minuto. Una pitada, un mate, y la memoria vuela a 1961, cuando Boca vino a inaugurar el Hotel de Turismo.
P: ¿Y que te acordás de aquella visita?
T: “Vino Roma, Marzolini, Sánchez, el árbitro fue Comesaña, el mejor de ese momento y en el otro anterior fue Teodoro Nitti. Me levanté temprano solo para ir a ver esos físicos impresionantes. Yo era muy joven todavía no estaba en primera”.
Durante la charla, desfilan fantasmas queridos: Pocho Ferreira, Antonio Villarreal, el “Loro” Ortiz, el “Vizcacha” Lencina. Tito recuerda su infancia en Oberá y el mandato de su padre.
P: Y infancia, tu adolescencia como fue.
T:“ Yo vivía en Misiones, allí no tenía muchas posibilidades por lo menos es lo que decía mí papá. El me dijo: Andá a Goya a estudiar magisterio, eso nunca te va a dejar sin trabajo. Por eso vine y después el mes controlada que estudie y me reciba”.
La charla se va terminando, un televisor encendido hace un poco de ruido pero nadie lo mira. Allí está él, pensando, recordando, recriminando a su mujer, en tono siempre de súplica por el cigarrillo.
Goya le dio el título, pero él le devolvió el alma en cada cancha.
El 19 de julio pasado Tito cumplió 83 años. Está ahí, en Carolina, rodeado de silencio y oscuridad, pero con una luz interior que encandila. Su salud no pasa por un buen momento. Tito no necesita placas de bronce; necesita voces, amigos, alguien que le cebe un mate y le diga que todavía importa.
Al salir, veo una gran parrilla cubierta de olvido en el patio. Vuelvo, abro la puerta y le digo:
— Tito, esa parrilla está abandonada…
Él me mira con lo que le queda de luz, sonríe entre el humo de su pucho y me lanza la última lección del capitán:
— “Y bueno… humo, aunque sea, vamos a hacer”.
Me fui con el sabor del mate y una certeza: mientras haya alguien que cuente sus historias, el fuego de Tito nunca se va a apagar.
Fotos: Tarantini en 3 de Boca y la Selección en el partido en Matienzo. En la otra foto el partido de 1967 también Boca con todas sus figuras ahí la lista de la que habla Tito