Un estudio señala que la mayoría sufre tinnitus de baja frecuencia y el zumbido continúa sin una cura definitiva.

Durante décadas, personas de distintas partes del mundo relataron un sonido persistente y grave conocido como zumbido. El fenómeno, documentado por primera vez en la década de 1970 en Bristol, llamó la atención pública y científica cuando residentes describieron vibraciones inexplicables que no pudieron atribuirse a equipos o instalaciones industriales.
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Con el tiempo los reportes se multiplicaron: Southampton, Plymouth, Swansea y Londres en el Reino Unido; y luego ciudades en Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Noruega y Sudáfrica. Hoy se calcula que el 4% de la población mundial percibe ese zumbido, con efectos que varían entre leves y discapacitantes.
El estudio y sus conclusiones
Durante años circularon hipótesis diversas: contaminación sonora, tránsito, tecnologías electromagnéticas, el oleaje costero o fenómenos meteorológicos, e incluso explicaciones más exóticas sobre orígenes no humanos. El interés llegó a la ficción: en 2024 la BBC estrenó la serie The Listeners, inspirada en testimonios reales sobre ese misterio sonoro y debate.
Tras el análisis, los autores concluyeron que la mayoría padece tinnitus de baja frecuencia, una percepción interna que el cerebro interpreta como un pulso externo. Según Drexl, no se descarta que en casos puntuales existan ruidos ambientales sin identificar, mientras que un pequeño grupo mostró sensibilidad auditiva a bajas frecuencias.
Impacto y desafíos clínicos
El trabajo combina pruebas audiológicas y cuestionarios para correlacionar percepciones subjetivas con mediciones objetivas, aunque los investigadores reconocen límites por el tamaño muestral. Para quienes lo sufren, el zumbido puede causar insomnio, ansiedad y desgaste físico; solo una minoría parece tener una capacidad auditiva excepcional frente a bajas frecuencias significativas.

El tinnitus no es raro entre músicos expuestos a volúmenes extremos: figuras como Dave Grohl, Brian Johnson, Pete Townshend y el fallecido Ozzy Osbourne han padecido ese trastorno. Aunque el estudio aporta claridad sobre las causas, la comunidad médica sigue sin cura y muchos pacientes permanecen sin una solución real.
Los autores subrayan que identificar el origen —auditivo o ambiental— es clave para diseñar intervenciones. El estudio, publicado en PLOS ONE, abre rutas para terapias focalizadas y mayores investigaciones internacionales.
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