CAMILA O´GORMAN Y LADISLAO GUTIERREZ: EL AMOR ENTRE LA JOVEN ARISTOCRATICA Y EL CURA QUE ENFURECIÓ A ROSAS Y ESCANDALIZÓ A BUENOS AIRES

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Por: Julieta Roffo –  Se llevaban apenas un año y se enamoraron perdidamente. Ella pertenecía a una familia distinguida pero no le importó romper el mandato de lo que se esperaba que hiciera. Se fugaron, los encontraron y el autoproclamado “Restaurador” los mandó a fusilar

Camila seguía muchas de las reglas respecto de lo que se esperaba de una mujer, pero también leía libros prohibidos y no tenía problemas en desafiar las normas duramente impuestas por Juan Manuel de Rosas.Camila seguía muchas de las reglas respecto de lo que se esperaba de una mujer, pero también leía libros prohibidos y no tenía problemas en desafiar las normas duramente impuestas por Juan Manuel de Rosas.
Muchos años después, donde las paredes del pabellón de fusilamiento se habían bañado en sangre, alguien puso una placa recordatoria que dice: “Aquí fueron muertos fusilados Camila O’Gorman Ladislao Gutiérrez el 18 de agosto de 1848″. La placa está en San Andrés, partido de San Martín, en una zona que a mediados del siglo XIX se conocía como Santos Lugares de Rosas. Ese fue el punto final de una de las historias de amor más audaces y una de las tragedia más feroces de la Argentina.

La ejecución fue por la mañana y el primer pelotón de soldados que debía matar a la joven y al sacedordote se negó a disparar. No era un gesto político ni un desafío a Juan Manuel de Rosas, el gobernador todopoderoso e implacable de Buenos Aires. Era simplemente que los hombres armados, parados frente a una mujer que podía estar embarazada y a un cura que les pedía a los gritos que la perdonaran a ella, no pudieron hacerlo.

El cumplimiento de la sentencia se postergó tres horas, desde las siete hasta las diez de la mañana. Rosas, que había dado la orden de fusilar a los dos, esperaba las noticias del caso en Buenos Aires. El edecán Antonino Reyes, a cargo de hacer cumplir la ejecución, buscaba a otro pelotón que sí obedeciera la orden.

Horas antes, Reyes había intentado frenar la condena a Camilia. Le había mandado a decir a a Rosas que un chequeo médico había determinado que la joven cursaba un embarazo: la ley prohibía ejecutar a una mujer en esa situación. Nunca nadie sabrá si fue una estrategia de Reyes, quebrado por la situación, para obtener el perdón o una certeza científica. Lo que sí se sabe es que “el Restaurador” ordenó continuar con el plan: los dos, el sacedorte y la joven, debían morir. No había ley que detuviera a Rosas.

Fisulamiento de Camila O´Gorman y Ladislao GutiérrezUna de las representaciones artísticas del fusilamiento de Camila y Ladislao. Hoy una placa señala el lugar en el que fueron ejecutados, en el partido San Martín.

Camila leyó la carta y no mostró miedo. Dijo que no se arrepentía de ese amor que había escandalizado a toda Buenos Aires. Su conciencia, aseguró, estaba tranquila. Vestía de blanco y tenía las manos presas de grilletes.

Camila y Ladislao fueron trasladados a la fuerza al patio trasero del campamento militar de Santos Lugares de Rosas, en lo que hoy es el partido de General San Martín. Cada uno iba sentado en una silla alzada por varios hombres, con los ojos vendados. Ladislao alcanzó a gritar que lo mataran a él, pero que no la tocaran a ella. Recibió cuatro disparos. Camila, tres. Y después uno más, directo al corazón.

La chica de los libros prohibidos

Camila O’Gorman nació en Buenos Aires el 9 de julio de 1825, en el seno de una familia acomodada de la ciudad. Era la quinta de seis hijos de Adolfo O’Gorman, de ascendencia irlandesa y francesa, y de Joaquina Ximénez Pinto, nacida en Buenos Aires.

Manuelita Rosas, hija del gobernador, intercedió para que su padre no ordenara el fusilamiento de Camila.Manuelita Rosas, hija del gobernador, intercedió para que su padre no ordenara el fusilamiento de Camila.

A priori, Camila parecía cumplir ese mandato a la perfección: era alta, bella, alegre. Bailaba en las fiestas que daba Rosas, según algunas versiones historiográficas era una amiga cercana de Manuelita —la hija del gobernador, con quien se tuteaba y compartía secretos— y asistía a la iglesia con frecuencia y devoción.

Su poeta favorito era el francés Alphonse de Lamartine. Una de sus frases decía que “el sepulcro encierra con frecuencia, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd”.

El cura recomendado

Ladislao Gutiérrez nació en Tucumán en 1824, quedó huérfano de chico y fue criado por los jesuitas, que lo consagraron sacerdote muy joven. Era el sobrino del gobernador tucumano Celedonio Gutiérrez, aliado de Rosas, que lo mandó a Buenos Aires provisto de cartas de recomendación.

Las cartas hicieron lo suyo: el secretario del obispado, Felipe Elortondo y Palacios —el mismo que denunciaría con escándalo la fuga de los amantes mientras mantenía desde hacía décadas una relación con su sirvienta— lo hospedó en su casa. Enseguida lo incorporó a la distinguida Parroquia del Socorro, entonces ubicada en una zona de quintas y frutales de las familias más ricas de la ciudad.

Ladislao había nacido en Tucumán. Los jesuitas lo criaron y lo ordenaron como sacerdote, y su tío, aliado de Rosas, lo recomendó en Buenos Aires.

En esa parroquia, Ladislao conoció a Eduardo, el hermano sacerdote de Camila, que lo invitó a las tertulias de la casa familiar O’Gorman. Ahí se vieron por primera vez y nadie sabe exactamente cuándo empezó ese amor que no pudieron o no quisieron frenar.

Los amantes no dejaron cartas ni rastros escritos de su amor. Si algo dejaron, fue destruido. Lo notable es que en aquella ciudad pequeña donde todos sabían todo de todos, nadie parecía notar nada entre ellos.

Rosas al mando

El segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas, que se había iniciado en 1835, había convertido a Buenos Aires en una ciudad donde el poder político, el poder eclesiástico y el poder social funcionaban como un solo mecanismo de control.

La Mazorca, la organización parapolicial del régimen, vigilaba y aterrorizaba. Los opositores se exiliaban o desaparecían. La prensa adicta al gobierno y la Iglesia construían juntas el discurso de lo que era aceptable y lo que no.

El amor y la fuga de un sacedorte y una joven de familia distinguida no era solo un escándalo moral. Era también un problema político. Las relaciones entre Rosas y el Papado eran tensas, en disputa permanente por el patronato —el derecho a designar obispos—.

Castigar duramente al cura “tránsfuga” era también una manera de mostrar que el Estado no toleraba que la Iglesia fuera una zona exenta de la autoridad del Restaurador. Y por encima de todo flotaba la figura de la abuela paterna de Camila, Ana Perichón, apodada la Perichona: una mujer que había sido amante del virrey Liniers y cuyo legado de desacato a las normas sociales fue recordada enseguida por quienes denunciaban la inmoralidad de la joven O’Gorman.

La fuga de los amantes

El 12 de diciembre de 1847, en la madrugada, Camila y Ladislao escaparon a caballo con lo puesto. El plan era llegar a Río de Janeiro, donde habrían pasado desapercibidos. La ruta: Luján, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Brasil. Era una locura, pero no tenían un plan mejor.

"A SOLAS" CON IMANOL ARIASMaría Luisa Bemberg llevó la historia al cine. Susú Pecoraro interpreta a Camila e Imanol Arias, a Ladislao. La película fue nominada al Oscar y contó masivamente los hechos del siglo XIX.

El rumor sobre su romance, a pesar de las primeras distracciones, ya había corrido en Buenos Aires. Ni la sociedad decimonónica ni mucho menos Rosas podían permitir un desvío tan grande respecto de lo que se esperaba de un sacerdote y de una joven distinguida. A Camila y Ladislao sólo les quedaba huir a un lugar en el que su amor fuera posible.

En Santa Fe, ya como fugitivos, perfeccionaron la estrategia de escape. Se presentaron ante el capitán de la goleta Río de Oro diciendo haber perdido sus documentos y consiguieron un salvoconducto a nombre de personas que no eran. Camila pasó a llamarse Valentina Desán. Ladislao, Máximo Brandier. Decían venir de Salta, dedicarse al comercio, querer casarse en Brasil y tener hijos.

Algo los detuvo en Goya, provincia de Corrientes: la falta de dinero, el agotamiento, el instinto de hacer un alto en aquella huida. Fundaron ahí la primera escuela del pueblo, en la casa que alquilaban. La demanda fue tan grande que tuvieron que mudarse dos veces a casas más grandes.

Eran felices. No sabían nada de los carteles que los buscaban, de las cartas que el padre de Camila había enviado a Rosas denunciando a su propia hija. Tampoco sabían de la decisión irrevocable que el gobernador ya había tomado.

El 16 de junio de 1848, seis meses después de la fuga, fueron juntos a una fiesta en el pueblo. Ahí los vio el sacerdote irlandés Miguel Gannon, que estaba de paso por la villa. Reconoció a Ladislao y lo denunció al juez de paz. Los detuvieron esa misma noche.

El escándalo porteño

Mientras la pareja vivía en Goya, Buenos Aires hervía. El padre de Camila, Adolfo O’Gorman, había enviado a Rosas una carta donde describía a su propia hija con la frialdad de una requisitoria policial: alta, de ojos negros, pelo castaño, con un diente de adelante empezado a picar. Pedía que la encontraran antes de que “se precipitara en la infamia”. El sacerdote provisor del Socorro también escribió al gobernador. El obispo Mariano Medrano pidió un castigo ejemplar. La ciudad apareció empapelada con la descripción de los fugitivos.

Abren la tumba de Camila O'Gorman en el cementerio de recoletaCamila fue enterrada en el mismo cajón que Ladislao pero luego fue trasladada a la bóveda familiar en el Cementerio de la Recoleta. (Jaime Olivos)
Rosas estaba furioso, pero no por las razones morales que esgrimía el clero. El Restaurador le dijo a su entorno que no era un nene como para sorprenderse con los escándalos de los sacerdotes. Que lo que no podía tolerar era que faltaran a la autoridad, que se rieran de ella, que la ridiculizaran. Que los encontraría aunque se ocultaran bajo la tierra y que los haría fusilar.

La oposición exiliada echó leña al fuego. Desde Chile, en marzo de 1848, el mismísimo Sarmiento publicó en El Mercurio un artículo horrorizado porque el “sátrapa infame” no castigaba a los amantes por su “monstruosa inmoralidad”. Mitre, desde Bolivia, inventó que las cancillerías extranjeras habían pedido garantías para la virtud de las hijas de sus súbditos en Buenos Aires. Después, cuando Rosas ordenó el fusilamiento, ambos se desgarrarían las vestiduras condenando la barbarie del régimen.

Manuelita Rosas le escribió a Camila prisionera diciéndole que había suplicado por ella a su padre y que guardara entereza. La cuñada de Rosas, María Josefa Ezcurra, también intercedió por escrito, pidiendo que Camila fuera recluida en la Casa de Ejercicios Espirituales en lugar de ser ejecutada. Rosas encargó el dictamen a cuatro juristas, entre ellos Dalmacio Vélez Sarsfield, el futuro redactor del Código Civil. La respuesta fue condenatoria.

Camila, durante su interrogatorio en Goya, declaró que si aquello se consideraba un crimen ella era la mayor responsable, porque había sido quien más insistió para que se fueran. Que no lo consideraba un delito. Que su conciencia estaba tranquila.

Detenidos y separados en Goya, fueron enviados por barco a Buenos Aires engrillados. Llegaron a Rosario el 7 de julio de 1848. De ahí continuaron en carreta, también separados, hasta San Nicolás de los Arroyos. En algún punto de ese trayecto, Camila logró hacerle llegar una carta a Manuelita, que le respondió el 9 de agosto con afecto y promesas de gestión. La carta, al parecer, nunca llegó a manos de Camila.

Cuando las carretas llegaron a Santos Lugares, los dos jóvenes fueron encerrados en calabozos separados. Ahí pasaron las últimas setenta y dos horas de sus vidas. Fue en ese encierro donde surgió el último enigma de la historia. Camila fue revisada por un médico y se dijo que estaba embarazada. El comandante Reyes hizo llegar la noticia de imposible comprobación a Rosas. Rosas respondió que los dos condenados recibieran el auxilio espiritual y que fueran fusilados el 18 de agosto a las diez de la mañana.

El final

El primer pelotón se negó. El segundo obedeció. Ladislao recibió cuatro disparos. Camila, tres, y el cuarto le desgarró el corazón. Sus familias estaban ahí, a varios metros de distancia, presenciando la ejecución.

El periódico montevideano Comercio del Plata publicó la noticia cinco días después con tres signos de exclamación en el título: “¡HORRIBLE! ¡HORRIBLE! ¡HORRIBLE!”. Señaló que soldados acostumbrados a matar a centenares se habían horrorizado. Uno se desmayó durante la ejecución y otro giró la cara al disparar. La Gaceta rosista, en cambio, lo calificó de castigo justo aplicado a dos criminales que habían burlado las leyes humanas y divinas.

Dramatización del fusilamiento de Camila O'Gorman y Ladislao Gutiérrez, según María Luisa Bemberg.Dramatización del fusilamiento de Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez, según María Luisa Bemberg.

Años después, desde su exilio en Southampton, Rosas escribió que el clero le había pedido un castigo ejemplar y que él también lo creía necesario. Y que siendo suya la responsabilidad, había ordenado la ejecución.

Los restos de Camila fueron trasladados en 1852, tras la caída de Rosas en la batalla de Caseros, a la bóveda familiar O’Gorman en el Cementerio de la Recoleta. En septiembre de 1989, los restos del implacable gobernador llegaron también a ese mismo cementerio.

Un amor de película

La historia de Camila y Ladislao fue llevada al cine por primera vez en 1910 por el director Mario Gallo, con Blanca Podestá en el papel protagónico. Era una película muda, estrenada tres días antes del Centenario, de la que no quedan copias. En 1954 estuvo a punto de filmarse nuevamente bajo el título El destino, con Zully Moreno y Alfredo Alcón, pero el proyecto no avanzó.

En 1984, se estrenó Camila, la versión que dirigió la cineasta Maía Luisa Bemberg y que instaló para siempre la historia en el imaginario colectivo. La protagonizan Susú Pecoraro Imanol Arias, y fue nominada al Oscar como mejor película extranjera. Además de un amor y una tragedia, el film mostraba, en plena primavera democrática, a un Estado que fusila a quienes desobedecen.

El final de esa gran película muestra a los amantes sentados cada uno en una silla, atados, con los ojos vendados. Esperan las balas que disparará el pelotón. Camila quiere saber si el sacerdote del que se había enamorado perdidamente algunos meses antes está cerca suyo:

Ladislao, ¿estás ahí?

A tu lado, Camila.

Después, la muerte.

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