Nota: Ramón Cavalieri – Hay pasillos escolares que tienen memoria, y si se hace silencio en las galerías de la Escuela Normal o la Escuela Comercial, todavía se puede escuchar el eco de una voz potente, rotunda, que llenaba los patios. Una voz que sonaba a orden, pero que en realidad escondía un amparo invisible. Durante décadas, coordinar dos colosos educativos de gran magnitud fue la misión de un hombre que rompió el molde del preceptor tradicional: Oscar Aristiqui. Inquieto, inquisidor, motivador y eterno solucionador de problemas, Oscar no solo controlaba las asistencias; se involucraba en la vida, los dolores y las alegrías de cada estudiante y de cada profesor que cruzaba el umbral. Al ser también yo parte de todo ese recuerdo por haber compartido horas de docencia con Oscar, le propuse hacer la entrevista en una de sus escuelas. Hasta allí llegamos. Nos sentamos en uno de los bancos, ahora vacío por el horario. El ambiente, impregnado de nostalgia, abrió el diálogo. Pasen y vean.

I. Las Galerías de la Memoria y las Pilas del Preceptor
— Ramón Cavalieri: Oscar, cuando un preceptor se jubila, deja las llaves y las carpetas. Pero, ¿cómo se hace para apagar de golpe esa energía que durante tantos años manejó los días de tantos alumnos entre la Comercial y la Normal?
— Oscar Aristiqui: En la Escuela de Comercio trabajé muchos años como preceptor, después como subjefe de preceptores y finalmente como jefe de preceptores en la Escuela Normal. Yo era profesor también, así que en las horas de cátedra no estaba a cargo de toda la escuela, sino de los alumnos de los cursos donde dictaba la materia. Pero bueno, sí, todo tiene un tiempo. A mí me gustaba, quería que las cosas salgan bien, que se cumpla con todo; era mi manera de trabajar, ¿cierto? Una vez que uno se jubila, es verdad que se apagan las pilas. Pero a uno le queda el recuerdo eterno y el encuentro constante con los colegas y los exalumnos que te cruzan por la calle y todavía te dicen “Cela”, “Profe” o “Presep”. Uno va acomodando el cuerpo a eso.
— RC: Hablabas fuerte, casi gritando, dando órdenes que hacían eco en los patios. Sin embargo, detrás de ese personaje riguroso, los chicos encontraban a un motivador y a un solucionador de problemas. ¿Ese “grito” era una coraza necesaria o era simplemente tu forma de inyectarles vida?
— Oscar Aristiqui: Bueno, en cuanto a mis gritos… sí, ya era mi forma de ser. Yo siempre hablé fuerte, a lo mejor soy medio sordo y no me di cuenta, pero realmente era así. Y cuando estaba a cargo de los chicos, muchas veces les he dicho cosas que hoy en día me costarían un sumario administrativo. Pero te aseguro que siempre fue con afecto. Tengo recuerdos maravillosos: cuadros que me han mandado de regalo las promociones, pergaminos… Es decir que sí, les gritaba y muchas veces a lo mejor no los trataba tan bien, pero nunca era de una manera agresiva; era únicamente como un llamado de atención. Por ahí funcionaba como una coraza para imponer un poco de autoridad y que no te vean flaquear, para que no piensen “a este le vamos a hacer cualquier cosa”. Sí, es cierto lo que decís.(Corte óptico: Mirar las manos de Oscar, esas que tantas veces
firmaron amonestaciones pero que también palmearon la espalda del alumno que venía triste.
firmaron amonestaciones pero que también palmearon la espalda del alumno que venía triste.Hay un brillo de picardía en sus ojos, la misma agilidad del tipo que veía todo lo que pasaba en el fondo del aula sin necesidad de estar ahí.
— RC: Es algo increíble que nos cuenta la gente del ambiente: te sabías la vida de cada alumno y de cada profesor. En una época donde a veces somos números en una pantalla, ¿por qué elegías involucrarte tanto con las historias personales de tu escuela?
— Oscar Aristiqui: Mirá, Ramón, para tratar de ser un buen docente en lo posible, tenemos que conocer las realidades de cada uno. No se puede con absolutamente todos los alumnos, pero mientras trabajé como preceptor, sabía la vida de ellos porque venían y me contaban sus problemas, sus alegrías. Entonces uno se va involucrando un poco y trata de aconsejarlos; a veces no te da resultado y otras veces sí. Y con respecto a los profesores, también había que saber un poco de sus vidas para valorarlos, para tener consideraciones cuando te pedían cambios de horarios. Ojo, que yo no los cambiaba por mi cuenta; lo hacía con el permiso de siempre de la autoridad, yo avisaba y decía “mirá, me parece esto”. También estaban los picarones que te querían pasar al cuarto diciéndote “arreglame el horario”, y uno se daba cuenta de que no era por la escuela, sino para ir a yoga, a zumba, qué sé yo… Pero sí, hay que involucrarse un poco para poder trabajar en una escuela tan grande y con problemáticas diferentes, muy diversas. De acuerdo a cada época en la que trabajé, la problemática fue cambiando; primero fue un tema, después otro… pero había que acomodarse y tratar de solucionar. Mi meta siempre fue solucionar el problema, era solucionar.
II. El Oficio Invisible de Cuidar la Juventud y los Dolores Propios
El bullicio de los recreos parece flotar en el aire de la vereda y de este patio en silencio. La charla entra en el terreno de las nostalgias de tiza y pizarrón. Recordamos las anécdotas de pasillo.
— RC: Los profesores pasamos por el aula y damos la materia, pero el preceptor es el que está en el barro del recreo, el que ve quién no comió, quién está enamorado o quién vino llorando desde la casa. ¿Qué fue lo más difícil de sostener emocionalmente en todos tus años de servicio?

— Oscar Aristiqui: Cierto es, Ramón. El preceptor es el que está en contacto directo con el estudiante. Uno se da cuenta por la cara si comió o no comió, o qué le pasó. Lo que yo hacía era, después de detectar eso, hablar en forma privada o preguntarles a los compañeros si sabían algo. Sí, es bastante difícil. Pero como uno era más joven en ese entonces, por ahí se cargaba menos los problemas ajenos; a veces pasaba que uno venía a la escuela y ya se acordaba de todos los chicos más que de sus propios problemas familiares. Con el tiempo la vida me golpeó fuerte: mi madre se enfermó gravemente y tuve unos años donde, hasta que falleció, tuve que acompañarla. Se me hizo muy difícil.
Dudé en seguir en el cargo de jefe de preceptores mientras ella vivió, e incluso no acepté otros ascensos por cuidarla. Mi padre también ya estaba anciano… fueron muchas cosas familiares que me condicionaron en el trabajo. Pero yo trataba de que no se notara, porque yo tenía tres turnos: por la mañana era profesor, a la tarde estaba en la preceptoría, y al anochecer entraba al Instituto a cargo de la bedelía, que también era complicado con otro tipo de personal y otro tipo de alumnos. Era complejo, pero bueno, era más joven y me las aguantaba. La verdad es que fui feliz; fui muy feliz trabajando con todos los inconvenientes, fui feliz.
— RC: ¿Te acordás de algún alumno “difícil” de esos que todos daban por perdidos, y al que vos, tal vez con un grito a tiempo o una charla a solas, lograste rescatar y enderezarle el camino?
— Oscar Aristiqui: ¡Uy, de alumnos, mirá! Sin dar nombres, tuve unos cuantos. Hablando estrictamente como preceptor, sí, tuve alumnos que tuvieron problemas graves. Incluso hemos tenido casos con colegas donde tuvimos que ayudarlos porque han estado detenidos. Fuimos a verlos a la comisaría para ver qué pasó, qué necesitaban. A algunos se los pudo salvar, a algunos sí pudimos llevarlos por el buen camino. Otra vez se nos habrá escapado alguno, como a todos nos pasa en esta profesión, pero sí, sí, sí… nos involucrábamos hasta el final.
Corte dinámico: El eco de la campana ausente golpea el banco de madera donde conversamos. Hoy, lejos de las aulas, en el mundo de las redes públicas, cualquier publicación suya desata una marea de comentarios y compartidos.
— RC: Te acabás de jubilar, pero lejos de encerrarte, caminás la calle Colón rodeado de afectos, con más amigas que amigos, disfrutando de los encuentros. ¿Qué encontrás hoy en la vereda de Goya que te devuelve esa juventud que cuidaste en las aulas?
— Oscar Aristiqui: ¡Uy, soy feliz! Vivo en la calle. Sí, inclusive algún amigo me puso de sobrenombre “vaca de pobre”, porque estoy todo el día en la calle. Me gusta mucho ir a tomar un café, algo, siempre voy… Ahora tengo una rutina de toda la semana: voy con un amigo que volvió de Europa a vivir a Goya, y después tengo un grupo de amigas, muchas amigas, con las que tenemos días ya marcados para encontrarnos. Soy muy, muy amiguero, muy salidor. Me gusta mucho esto de juntarnos y contar anécdotas de lo que fue y es parte de nuestras vidas. Muchos ya están jubilados como yo. Así es mi vida: yo soy de la calle, de la calle… Creo que voy a morir en la calle.
— RC: Es un fenómeno único: publicás algo en las redes y la repercusión es inmediata, masiva, llena de cariño. ¿Qué se siente ver que ese respeto sembrado en los pasillos de la escuela hoy florece de esa manera en el celular de cada vecino?
— Oscar Aristiqui: Ya me ha pasado, he estado en algunos lugares públicos y todavía no me puedo acostumbrar al cariño masivo. Y miro los balcones a veces… Sobre todo me pasa cuando voy a la Escuela de Comercio, donde fui hace poco a visitar algunos altos cargos de la dirección. Vengo con esa manera de ser de la que no me puedo desprender: ¡no poder hacerlos callar cuando está hablando alguien en un acto! (risas). Sé que tenés razón con lo que decís de la repercusión, pero todo vuelve con cariño. Yo digo que todo sigue igual, aunque el tema con los chicos es diferente: están en otra etapa, en otra época, y les cuesta muchas veces concentrarse, sobre todo si el tema no está dentro de lo que ellos más o menos creen que es de su interés actual. Ahora, cuando empieza un tema que es de baile o música, ahí veo que atienden de inmediato. Es una cuestión generacional. Y en la Escuela Normal, a la cual voy seguido a la mañana porque a veces me consultan algo, los colegas me piden opinión y sí, veo a la Escuela Normal muy linda.
Los chicos que siguen estando ahí ya no corren tanto por las galerías, pero hablan, tienen otras inquietudes. Todo eso sí, me hace acordar muchísimo a cuando yo comencé a trabajar.
IV. Los Gritos en el Patio Centenario
El sol de la tarde empieza a esconderse tras las ventanas del aula vacía. Oscar mira el pizarrón gastado, respira hondo y recuerda la mística de los edificios que protegió durante décadas.
— RC: Si pudieras entrar hoy al patio de la Escuela Normal o de la Comercial en pleno recreo, con todos los chicos corriendo, pero estando vos de civil, ya jubilado… ¿qué les gritarías desde el centro del patio?
— Oscar Aristiqui: Y… si estuviera parado en el medio del patio, a lo mejor les gritaría: “¡Chicos, no pisen el césped!” en la Escuela Normal. “¡Chicos, cuiden las plantas!”, “¡Chicos, no pongan las piernas por las paredes!”. Es una escuela centenaria, hay que cuidarla. Y en la Escuela de Comercio sería exactamente lo mismo, tratando de cuidar el edificio, pidiéndoles que no rompan nada… o gritando el clásico: “¡Que no salgan a la calle sin permiso!”.
La entrevista termina y Oscar me dice: “Gracias por todo esto Ramón”, (no se que es lo que se puede agradecer).
El timbre que no suena. Nos levantamos del banco. Los pasos hacen eco en la galería vacía mientras salimos a la vereda. El preceptor entregó los registros de asistencia, pero se quedó con la identidad de las generaciones que ayudó a moldear. La escuela ya no tiene su grito ordenando las filas, pero las calles de Goya ganaron para siempre a un caminante que sigue sabiendo, con solo mirar a los ojos, cómo palpita el pulso de su pueblo. Un caminante que a cada paso tiene algo para contar o, si lo prefieren, para recordar.
(Al pedirle fotos a Oscar, me las proporciona, allí se advirte claramente su sentido social y cero egocéntrismo. En ninguna de las fotos él está solo. En todas están quienes forman o formaron parte de su vida.)









